He sentido como se achica el aire a mí alrededor, como las palabras leídas o el sol no sirven para dar espacio.
La exacta carga de las manos, el peso de los pulmones, el gesto de los labios, la lengua como si fuese ajena.
Me voy dejando hundir, ¿cómo he de decir sin voz? La cosa es que para poder hablarte tengo que encontrar un tono exacto, unas palabras por demás precisas y el hastío es una sensación bastante poco transmisible.
Al principio todo esto era bonito, el cuarto simple, pequeño, arreglado, la ventana luminosa y la casa en silencio, algunos libros y algo de vino por alguna parte y de vez en cuando alguien entrando y saliendo con noticias del afuera, el afuera…
¿A qué había renunciado exactamente? A los autos, las personas, la mañana, la noche, ¿a qué?
Los pensamientos también pesan, una piedra que cae en el centro del pecho, en ese rinconcito que todavía no quiero abrir.
En algún momento yo podía abrir mis alas y salir de cualquier lugar, mi cuerpo no tenía peso, peso… que maldita constante, a lo mejor por aquello del peso de la culpa, a lo mejor porque el peso es lo que pega inevitablemente al piso, sin importar lo mucho que ahora agitara mis alas no podría volver a volar.
Siento un poco de hambre, algo parecido a la sed, que tal vez es el ahogo de no poder decirte, o no sé, a lo mejor es otra cosa, una especie de larga despedida de la lengua.
Lo cierto es que siento como las paredes se cierran sobre mí , como ya no puedo cantar o bailar o mirarte, como me he quedado atada a la cama, como un peso muerto y este libro que no me habla, o no me alcanza y tu manía de la comida a la misma hora en la mesa de al lado y no verme, no ver… que me ahogo que me asfixio que mis ojos pesan mi pelo pesa que quiero respirar que necesito que me abras el pecho la piel que me dejes en constante estado de guerra que estos días iguales repetidos vividos y revividos …
Pero todas las mañanas, vuelve a suceder, entras a la habitación y pacientemente me cortas las alas, limas pacientemente las ramas que me crecen para volverme árbol.
Todos los días vienes a darme de comer y beber algo que no es ambrosía ni miel sino el reproche constante de la vida.
Por eso está mañana te gané de mano, quité pacientemente mi rostro y lo he puesto en el sobre y este es el último gesto que verás antes que me haga viento.
Lo que voy a contar, a mí me lo contaron, dicen que no hace mucho tiempo o tal vez sí, Venus y Eva, se juntaron a charlar, cosas cotidianas.
Como los hombres, el paraíso, el orden, los hijos…
Venus confesó no poder decidir entre Hefestos y Marte, la famosa dicotomía de un matrimonio arreglado por conveniencia y la pasión, que Marte le inspiraba, el sufrimiento de su ir y venir, en fin… las cosas comunes de los amantes.
Eva no supo que decir, sólo escuchó no son un dejo de envidia, habló en cambio del permanente pedido de permiso de Adán a su padre, que nada se podía hacer y de lo aburrida que estaba, elogio las joyas de Venus y Venus se maravillo de la sencillez con que Eva servía la mesa, acomodaba su pelo y se veía siempre bonita.
Al fin cuando la hora esa, el momento ese ceso y destaparon la ambrosía, el mana y otros manjares reservados para usos estrictamente masculinos aparecieron las confesiones, Eva dijo estar harta de ser de la costilla de Adán, venus confesó estar harta de ser la hija de las olas y ambas confesaron estar cansadas de no haber tenido infancia, ser grandes, creadas y criadas para la satisfacción de los hombres, para ser deseadas y aun así no poder elegir.
Entonces vino el llanto y claro el consuelo con los abrazos y los besos para secar las lágrimas y los cuerpos y los roces…
En seguida, porque los tiempos a veces son muy imprecisos, Venus dejó a Hefestos y a Marte.
De Ella sólo quedan recuerdos.
Eva, bueno sólo se sabe que mordió la manzana tal vez la misma manzana dorada de la discordia…Y después bueno, después sólo se saben los inventos que Adán les contara a los amigos.
Sé que te gusta mirar la lluvia, a mí también, me gusta o me gustaba, hoy no estoy segura de nada.
Lentamente movió el vaso, el sonido del hielo chocando contra el vidrio le pareció misterioso.
¿Cómo había comenzado todo? Al principio bastaba con el tiempo compartido, el suficiente para conocerse encantarse y desencantarse. Entonces vinieron los celos hiriendo lentamente las sospechas, cuando al fin la confirmación cayó sobre las cartas del tarot ya no hizo falta nada mas.
Escuchó un pequeño gemidito agudo, a esta altura ya había aprendido a descifrarlos, no expliques, deja, no hace falta.
Aparecieron las ataduras a la cama, el esconder las llaves, el no dejar salir, el cortar de a poco los pies, para verlo siempre, para vigilarlo.
Él se fue dejando hacer sin protestar ni quejarse, aceptando no más.
Asistió a la transformación lenta del hombre hacia el homúnculo, al principio le pareció un capricho de sus ojos, el como las cadenas se le caían de las manos y se hacía cada vez y más pequeño.
Entonces se le ocurrió meterlo en el frasco, así era más cómodo además podía llevarlo a pasear y hacerlo tomar aire.
Desde allí asistió el homúnculo a las escenas de sexo, a los quejidos al deleite de la mujer con otros hombres.
El sonido del agua hirviendo la alejo de lo que pensaba.
Esta noche es el fin, por la tarde habían salido como todas las tardes a la plaza del barrio, el pequeño insecto había mirado con asombro las piernas de una mujer que pasaba por ahí.
Eso produjo en ella un ataque feroz, abrió el frasco y lo tiro compulsivamente, el cayó por suerte en su vestido y con las pocas fuerzas que le quedaban logró llegar hasta el bretel sobre el pecho agitado se durmió exhausto.
Ella destapa la olla que hierve, ve desprenderse la piel, luego el hueso blanco y crujiente, lentamente se lo devora.
…Cuando desnuda viene a clavarme vidrios en las manos…
Pamela de Battista.
No sabía como era que todo había concluido así o empezado a dar unas vueltas confusas, conocía todos los pasadizos secretos de ese paraíso, todos los atajos, las frutas dulces y las que aún no habían tenido el frio suficiente.
Sabía de ante mano el camino de las constelaciones hacia el mar de la noche y su cuerpo, era una plegaría, una fiesta un conjuro.
Se miraba en cada pliegue del agua como una hija de las gotas bendecida, caminaba sobre las cosas sintiendo su peso pleno dejando las huellas en los espacios y después el verde lo curaba.
Lo veía llegar con la comida de las manos y las caricias, con las noticias de las búsquedas, andar por los pasillos tras sus pasos, jugaban todo el atardecer, amaban la noche y parte del día.
Y de pronto el intersticio, el quedarse de pie fumando sola, el acostarse y suspirarse, de pronto el alejarse y comer distraída de los platos, sumar a sus caídas las mañanas en que el sol no alumbraba.
Sin quererlo la noche se volvió una boca abierta que se consumía todo, que se llevaba todo como un hueco sin fin.
La mano al costado que molestaba, la huella que se cubría no dejaba encontrar la vuelta, los pasadizos secretos gritados a viva voz el cuerpo un derrumbe, la herrumbre de los besos y el sol, el olor de la humedad del mismo espacio de tierra donde siempre llueve, donde siempre hay esas gotas para calmar la sed.
Y no hubo nada que la calmara en el paraíso, nada que le diera ganas nada que la dejará respirar.
Se sentó dos noches, tres, cien, mil noches a esperar y pensar… los vidrios que se clavaban en sus manos, la desnudez anhelante de otro cuerpo, de otro espejo de otros ojos.
Guardó la piel en silencio, las manos lo hirieron en la caricia última, corrió por los pasillos, volteando las frutas evitando las peleas y las preguntas.
Al fin desnuda, de vidrio, abandonó el paraíso.
después de la sequía llega
la calma, sabia
agua bendita.
Y allí donde se ahuecaba el sol
para hacerse arco iris.
Ella mojaba los pies
Pies nítidos de corrientes
sutiles, pies de huellas
y anocheceres.
Daba a la boca algo más
que un trago fresco
una cosquilla
de gotitas pequeñas
unos reflejitos así de pequeños
un par de peces tropicales
resbalando por el pelo.
Y todo el ardor de
la sequía que había andado
por el cuerpo
ardor de ciudad y de malos
sueños, de noches
inconclusas.
Y metió los pies
con cuidado no verse
para no volverse
una olita pequeña.
Sino ahora sólo por
un instante un terron
de tierra primera
que se humedece.

- tatiana Andreu
Todos los cuentos y todas las historias empiezan en algún lugar.
El suicida que sube al techo, tiene un principio de uso no comunes de los escalones y una tristeza con algún principio.
Pero precisar el comienzo de esta historia sería entrar en lugares que se desconocen, incluso que ella desconoce.
Lo que ella creía es que desde que dios se había hecho invisible y propiedad de algunos pocos que lo escuchaban hablar, dar órdenes y pedir sacrificios los árboles habían desaparecido y las muertes más terribles habían ocurrido.
Creía que las mujeres tenían derecho de recibir cualquier amor sin necesidad de esperar espíritus santos, creía que no existe la fe ciega sino que la fe ciega.
Pero todo lo que ella pensaba o creía no tenía importancia porque lo que piensa una mujer que se desviste gozando de su cuerpo, lo que cree alguien que se entrega sin miedo , con el deseo en toda la piel y la risa que come carne en viernes santo. Que no calla las atrocidades de sus machos, no tiene ninguna importancia, para nadie.
Así que ella se pinta frente al espejo, se acomoda el pelo y abre las ventanas, deja entrar el sabor del río y enciende velas para el dios misterioso que agitaba su furia en la orilla, y otra para el viento que entraba lleno de hojas y furias a su casa y vio de a poco como los dos se calmaban.
Se sentó a esperar a esperar que viniera el hombre, secándose de a poco los restos del agua que siempre dejaba caer en su pelo, los restos que dejaba que volvieran a la tierra en pequeñas gotas con sabor a ella.
Y pensó donde estaba el principio de todo, en la conjunción de partículas en el sueño de algún dios, en el deseo, supuso que en el deseo le daba ganas de pensar que las mejores historias de la creación eran las que tenían que ver con el deseo, que las metamorfosis eran más lindas que las explicaciones científicas y que era mejor celebrar cada parte pequeña a esa tristeza a la que aquel dios invencible y temido de la infancia la había sometido.
Celebrar y celebrarse, como ahora que él le venda los ojos con ternura y ella palpa la suavidad de la tela y siente como él se desviste a su espalda y palpa la cruz colgando de su pecho y más abajo su sexo que se endurece y sabe que si todo empezó en algún lugar debió haber sido ahí porque en el deseo , en el cuerpo en el goce en el amor, en el festejo, no hay razón para subir el techo , no hay razón para odiar.
En esa entrega de dos cuerpos, que él fuera un cura y ella una mundana, no tenía nada que ver, eran sólo etiquetas. Dentro de los cuerpos estallaba el amor.
No sé cuando empezó este odio mutuo a lo mejor, a la par que el tremendo amor que nos consumía fuimos inventando formas de destrozarnos la vida.
O quizás aquella noche, que se quedó suspendida entre nosotros con el valor oscuro del silencio sobre los hombros.
Dijiste que era mejor no hablar, mejor no explicar y nos quedamos callados a la espera que la sirena de turno sonara fuera en la caja metálica y después el día la vida nos alejara cada vez mas de aquello.
Pero no fue así y al contrario fuimos inventando formas de corroernos el uno al otro pacientemente, como una gota de agua que cae continuamente.
A la hora de la comida, que antes era una fiesta que precedía la tempestad del sexo, la suba de las caricias, el juego de quitarnos la ropa y darnos de comer. Se convirtió en tempestad nunca hubo un grito un reproche una manera cruel de dirigirnos el uno al otro sino el simple rito suicida de mirarnos a los ojos con una intensidad desconocida, el llegar a la mesa con el reloj y comer en absoluto silencio.
Después comenzamos a invadir la mesa de papeles, libros, notas, música cualquier cosa, poco a poco, la tele , algo que no nos hiciera mirarnos a los ojos y nos permitiría seguir en silencio siempre en silencio, las servilletas en los sitios correctos, los ojos en el sitio correcto, los cuchillos y tenedores en el lugar indicado.
Que nada escapara fuera del lugar, silencio gris pleno y absoluto silencio.
El sexo se había convertido en una batalla librada con fuerza con mordiscos, golpes, con fuerzas donde antes aparecía la ternura, vos con los ojos inyectados en tu verde más verde yo mordiéndome los labios porque los besos ya no eran besos sino cuchilladas que abrían el pecho y sacaban el aire y cada vez que mis piernas te enredaban rogaba que la respiración se cortara de una vez por todas.
Y ahora estamos acá en esta noche, parecida a aquella noche, dos lobos a punto de devorarse, fríos, expectantes y en nada te sorprende creo cuando el cuchillo resbala de mi mano y se hunde lento, en tú costado.
abrió la mano
las cosas cayeron
mi nombre mi voz.
y allí se fue lo que yo
era …
ahora no puedo
escribir versos enteros
no pudo soñar
cualquier otro sueño.
ahora me veo
andar por los huecos
Ahora no me puedo
ver en los espejos
de mí quedo
el paladar sin nombre
la noche sin hacer
y las migas de mí sexo
en la mesa.
Ahora no puedo
escribir un verso
hasta que vuelva
el viento.
la espalada toca apenas
el agua, una caricia perfecta
que hace dormir el aliento
y un descanso forzado
que anda por las muelas.
la punta de los pies rozan
el puñales de arena que no razonan.
Y a los lejos toda apenas
una mujer enredada
un cantar de sirena
una caricia del agua.
De cerca toda la locura
de la boca , atascada en
el beso que no se da
y ese dejar las flores caer
en la música.
Detrás de la orilla
toda la maraña
que se va y vuelve
como un deseo único
desde tú boca
hasta mi espalda.