después de la sequía llega
la calma, sabia
agua bendita.
Y allí donde se ahuecaba el sol
para hacerse arco iris.
Ella mojaba los pies
Pies nítidos de corrientes
sutiles, pies de huellas
y anocheceres.
Daba a la boca algo más
que un trago fresco
una cosquilla
de gotitas pequeñas
unos reflejitos así de pequeños
un par de peces tropicales
resbalando por el pelo.
Y todo el ardor de
la sequía que había andado
por el cuerpo
ardor de ciudad y de malos
sueños, de noches
inconclusas.
Y metió los pies
con cuidado no verse
para no volverse
una olita pequeña.
Sino ahora sólo por
un instante un terron
de tierra primera
que se humedece.
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