No sé cuando empezó este odio mutuo a lo mejor, a la par que el tremendo amor que nos consumía fuimos inventando formas de destrozarnos la vida.
O quizás aquella noche, que se quedó suspendida entre nosotros con el valor oscuro del silencio sobre los hombros.
Dijiste que era mejor no hablar, mejor no explicar y nos quedamos callados a la espera que la sirena de turno sonara fuera en la caja metálica y después el día la vida nos alejara cada vez mas de aquello.
Pero no fue así y al contrario fuimos inventando formas de corroernos el uno al otro pacientemente, como una gota de agua que cae continuamente.
A la hora de la comida, que antes era una fiesta que precedía la tempestad del sexo, la suba de las caricias, el juego de quitarnos la ropa y darnos de comer. Se convirtió en tempestad nunca hubo un grito un reproche una manera cruel de dirigirnos el uno al otro sino el simple rito suicida de mirarnos a los ojos con una intensidad desconocida, el llegar a la mesa con el reloj y comer en absoluto silencio.
Después comenzamos a invadir la mesa de papeles, libros, notas, música cualquier cosa, poco a poco, la tele , algo que no nos hiciera mirarnos a los ojos y nos permitiría seguir en silencio siempre en silencio, las servilletas en los sitios correctos, los ojos en el sitio correcto, los cuchillos y tenedores en el lugar indicado.
Que nada escapara fuera del lugar, silencio gris pleno y absoluto silencio.
El sexo se había convertido en una batalla librada con fuerza con mordiscos, golpes, con fuerzas donde antes aparecía la ternura, vos con los ojos inyectados en tu verde más verde yo mordiéndome los labios porque los besos ya no eran besos sino cuchilladas que abrían el pecho y sacaban el aire y cada vez que mis piernas te enredaban rogaba que la respiración se cortara de una vez por todas.
Y ahora estamos acá en esta noche, parecida a aquella noche, dos lobos a punto de devorarse, fríos, expectantes y en nada te sorprende creo cuando el cuchillo resbala de mi mano y se hunde lento, en tú costado.
