Todos los cuentos y todas las historias empiezan en algún lugar.
El suicida que sube al techo, tiene un principio de uso no comunes de los escalones y una tristeza con algún principio.
Pero precisar el comienzo de esta historia sería entrar en lugares que se desconocen, incluso que ella desconoce.
Lo que ella creía es que desde que dios se había hecho invisible y propiedad de algunos pocos que lo escuchaban hablar, dar órdenes y pedir sacrificios los árboles habían desaparecido y las muertes más terribles habían ocurrido.
Creía que las mujeres tenían derecho de recibir cualquier amor sin necesidad de esperar espíritus santos, creía que no existe la fe ciega sino que la fe ciega.
Pero todo lo que ella pensaba o creía no tenía importancia porque lo que piensa una mujer que se desviste gozando de su cuerpo, lo que cree alguien que se entrega sin miedo , con el deseo en toda la piel y la risa que come carne en viernes santo. Que no calla las atrocidades de sus machos, no tiene ninguna importancia, para nadie.
Así que ella se pinta frente al espejo, se acomoda el pelo y abre las ventanas, deja entrar el sabor del río y enciende velas para el dios misterioso que agitaba su furia en la orilla, y otra para el viento que entraba lleno de hojas y furias a su casa y vio de a poco como los dos se calmaban.
Se sentó a esperar a esperar que viniera el hombre, secándose de a poco los restos del agua que siempre dejaba caer en su pelo, los restos que dejaba que volvieran a la tierra en pequeñas gotas con sabor a ella.
Y pensó donde estaba el principio de todo, en la conjunción de partículas en el sueño de algún dios, en el deseo, supuso que en el deseo le daba ganas de pensar que las mejores historias de la creación eran las que tenían que ver con el deseo, que las metamorfosis eran más lindas que las explicaciones científicas y que era mejor celebrar cada parte pequeña a esa tristeza a la que aquel dios invencible y temido de la infancia la había sometido.
Celebrar y celebrarse, como ahora que él le venda los ojos con ternura y ella palpa la suavidad de la tela y siente como él se desviste a su espalda y palpa la cruz colgando de su pecho y más abajo su sexo que se endurece y sabe que si todo empezó en algún lugar debió haber sido ahí porque en el deseo , en el cuerpo en el goce en el amor, en el festejo, no hay razón para subir el techo , no hay razón para odiar.
En esa entrega de dos cuerpos, que él fuera un cura y ella una mundana, no tenía nada que ver, eran sólo etiquetas. Dentro de los cuerpos estallaba el amor.
