…Cuando desnuda viene a clavarme vidrios en las manos…
Pamela de Battista.
No sabía como era que todo había concluido así o empezado a dar unas vueltas confusas, conocía todos los pasadizos secretos de ese paraíso, todos los atajos, las frutas dulces y las que aún no habían tenido el frio suficiente.
Sabía de ante mano el camino de las constelaciones hacia el mar de la noche y su cuerpo, era una plegaría, una fiesta un conjuro.
Se miraba en cada pliegue del agua como una hija de las gotas bendecida, caminaba sobre las cosas sintiendo su peso pleno dejando las huellas en los espacios y después el verde lo curaba.
Lo veía llegar con la comida de las manos y las caricias, con las noticias de las búsquedas, andar por los pasillos tras sus pasos, jugaban todo el atardecer, amaban la noche y parte del día.
Y de pronto el intersticio, el quedarse de pie fumando sola, el acostarse y suspirarse, de pronto el alejarse y comer distraída de los platos, sumar a sus caídas las mañanas en que el sol no alumbraba.
Sin quererlo la noche se volvió una boca abierta que se consumía todo, que se llevaba todo como un hueco sin fin.
La mano al costado que molestaba, la huella que se cubría no dejaba encontrar la vuelta, los pasadizos secretos gritados a viva voz el cuerpo un derrumbe, la herrumbre de los besos y el sol, el olor de la humedad del mismo espacio de tierra donde siempre llueve, donde siempre hay esas gotas para calmar la sed.
Y no hubo nada que la calmara en el paraíso, nada que le diera ganas nada que la dejará respirar.
Se sentó dos noches, tres, cien, mil noches a esperar y pensar… los vidrios que se clavaban en sus manos, la desnudez anhelante de otro cuerpo, de otro espejo de otros ojos.
Guardó la piel en silencio, las manos lo hirieron en la caricia última, corrió por los pasillos, volteando las frutas evitando las peleas y las preguntas.
Al fin desnuda, de vidrio, abandonó el paraíso.
