Lo que voy a contar, a mí me lo contaron, dicen que no hace mucho tiempo o tal vez sí, Venus y Eva, se juntaron a charlar, cosas cotidianas.
Como los hombres, el paraíso, el orden, los hijos…
Venus confesó no poder decidir entre Hefestos y Marte, la famosa dicotomía de un matrimonio arreglado por conveniencia y la pasión, que Marte le inspiraba, el sufrimiento de su ir y venir, en fin… las cosas comunes de los amantes.
Eva no supo que decir, sólo escuchó no son un dejo de envidia, habló en cambio del permanente pedido de permiso de Adán a su padre, que nada se podía hacer y de lo aburrida que estaba, elogio las joyas de Venus y Venus se maravillo de la sencillez con que Eva servía la mesa, acomodaba su pelo y se veía siempre bonita.
Al fin cuando la hora esa, el momento ese ceso y destaparon la ambrosía, el mana y otros manjares reservados para usos estrictamente masculinos aparecieron las confesiones, Eva dijo estar harta de ser de la costilla de Adán, venus confesó estar harta de ser la hija de las olas y ambas confesaron estar cansadas de no haber tenido infancia, ser grandes, creadas y criadas para la satisfacción de los hombres, para ser deseadas y aun así no poder elegir.
Entonces vino el llanto y claro el consuelo con los abrazos y los besos para secar las lágrimas y los cuerpos y los roces…
En seguida, porque los tiempos a veces son muy imprecisos, Venus dejó a Hefestos y a Marte.
De Ella sólo quedan recuerdos.
Eva, bueno sólo se sabe que mordió la manzana tal vez la misma manzana dorada de la discordia…Y después bueno, después sólo se saben los inventos que Adán les contara a los amigos.
